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Llegó a la orilla para contemplar el mar

 


 

Colaboración de Isabel Martín Sánchez:

 

Llegó a la orilla para contemplar el mar, puesta la vista en el horizonte y el corazón latiendo con fuerza. Sus pies se hundían en la arena mojada. 
 
Se sentó donde vienen a morir las olas y dejó que fueran sus pensamientos quienes la mecieran al ritmo de la marea, al son de la vida.
 
Allí, el romper del agua sobre su regazo, le hacía sentir viva, tan viva como el mar avanzando lentamente en su camino a la pleamar.
 
La mirada perdida en el horizonte, los ojos inundados de amargura con sabor a sal, vertiendo su tristeza sobre un cuerpo empapado en espuma de marejada.
 
Se sintió pequeña ante aquella inmensidad. No podía detener el avance de ese inexorable devenir de la marea, que bajo el influjo mágico de la luna; a la luz del sol o bajo el brillo de las estrellas, seguía incansable su camino.
 
No, no podía evitar ese avance, ni la actitud impasible, indolente e intolerable que la envolvía como una espesa niebla que le impedía pensar con claridad.
 
Se levantó, con paso firme y caminó hacia adentro, mientras el mar, cada vez más embravecido, frenaba sus pasos. Siguió avanzando lentamente hasta desaparecer, sumergida en la profundidad de sus aguas, amorosamente entregada, acunada por los vaivenes de la marea...
 
Las estrellas empezaban tímidamente a vestir el firmamento de brillantes lentejuelas, mientras la luna cabalgaba sobre crestas de burbujeantes olas de plata.
 
De entre ellas, como una sombra teñida de ocaso, bañada de penumbra, apenas iluminada por el oro del atardecer, emerge de lo más profundo, resurge como un rayo de luz entre las sombras, como una renacida Afrodita, impetuosa, con más fuerza que nunca.
 
Una brisa suave la acaricia dándole la bienvenida, una gaviota rezagada cruza ante ella dejando caer una pluma que recoge con dulzura.
 
No, no podía evitar el avance de lo inexorable, de lo que se escapa de las manos, nadie puede, pero...
 
Miró hacia atrás, sacudió la cabeza, siguió avanzando hacia la orilla y emprendió nuevamente su camino.
 
La noche había tendido ya su negro manto, la luna, altiva, iluminaba con más fuerza que nunca, las estrellas la miraban titilantes desde su bóveda celestial. Sintió un escalofrío que la devolvió a la vida y justo allí, encontró que la esperaban esos brazos que nunca la habían abandonado, esos que siempre fueron su fortaleza, no necesitaba nada más para que el cálido aliento de la esperanza la envolviera en una feliz realidad, lejos del abismo al que la lanzaron aquellas palabras, aquellos silencios, aquel descubrimiento que cercenó sus raíces... Pensó en el maravilloso camino que le quedaba por recorrer.
Se aferró con fuerza a esos pilares de su vida y agradeció todo lo bueno que tenía.
 
Isabel M. S.

 

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